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Venezuela
15 min read

Testimonio de un preso político

Credits Texto: Cristina Raffalli January 22 2019

Rosmit Mantilla nació en Caracas en 1982. Fue electo diputado por el andino estado Táchira a la legítima Asamblea Nacional de Venezuela, por cuya configuración, opositora a dos tercios, votaron 14 millones de venezolanos el 6 de diciembre de 2015. Su diputación comenzó cuando aún estaba en la cárcel. Fue liberado por motivos de salud, gracias a la presión de Amnistía Internacional, el Vaticano, y su partido, Voluntad Popular.

A finales de 2017, Rosmit introdujo ante las autoridades francesas su solicitud de asilo político. Llegado el momento, fue llamado a la entrevista de rigor. Durante dos horas y media, explicó su caso y respondió preguntas. Había decidido dejar para el final su relato de las torturas que se le infligieron. “Me dijeron que no hacía falta que hablara de eso, que con lo que ya había contado y con los documentos que había presentado bastaba para fundamentar mi solicitud de asilo. Pero yo insistí. Quise hablar en nombre de otros presos que hoy sufren torturas en Venezuela. Desde esa entrevista hasta el día que recibí la respuesta, pasaron apenas 13 días. Muchos amigos aquí consideraron que el otorgamiento del asilo debíamos celebrarlo. Les dije que no, que yo no tengo nada que celebrar. Mucho que agradecer a Francia, sí, eso sí. Pero celebrar es distinto a agradecer”.

Desde que salió de su prisión en el Sebin, este activista de los Derechos Humanos, que inició sus luchas sociales al frente de la causa LGBT, se dedica a dar a conocer la situación de los presos políticos en Venezuela. En Francia ha sido recibido, entre otros, por el presidente de la Asamblea Nacional. Diversas instituciones del Estado francés le han abierto las puertas. Un equipo de periodistas de la BBC trabaja actualmente en la reconstrucción virtual de la prisión del Helicoide. El “retrato hablado” que Rosmit puede proveer tras más de dos años de vivir entre sus muros forma parte de los insumos que maneja la BBC en el objetivo de hacer visible lo que para el mundo es hoy apenas un espectro más en un país donde el sufrimiento humano arrasa todos los límites.

Durante dos años y medio, fue víctima y espectador de la tortura. Este es su relato.

I.
Yo soy Rosmit Mantilla. Fui electo diputado a la Asamblea Nacional por la Unidad Democrática y por el partido Voluntad Popular. Pagué dos años y medio de cárcel. Me metieron preso en el 2014, como a mi hermano Leopoldo López, por decirle a Venezuela que venía hambre, que venía escasez, que venía persecución, que íbamos a despedir a nuestros hermanos en el cementerio o en el aeropuerto. Ese año, otros jóvenes que no tenían nada que ver con los partidos también fueron a la cárcel porque estaban en resistencia en un campamento en Altamira.

“Voy a contarles muchas cosas, pero no las vean como la historia de Rosmit, véanlas como la historia de cientos de jóvenes que están presos en Venezuela en este momento por razones políticas.

“El 2 de mayo de 2014, me secuestraron de mi casa y me metieron en una celda de 5 x 3 con 22 personas, una celda cuya luz estaba prendida las 24 horas del día y los 7 días de la semana.

“Cuando caí preso, me di cuenta de que este no era un gobierno de comunistas, sino de criminales. Me di cuenta de que no se trataba de izquierdas ni de derechas, sino de odio, de resentimiento, de maldad.

“Estuve dos años y medio en el Sebin. Y les puedo decir muy responsablemente que fui el único de los presos de 2014 que no fue torturado físicamente. Pero psicológicamente, sí. No hubo un solo día en el que yo no haya sido maltratado psicológicamente.

“Por ejemplo, pasé días y meses castigado en los sótanos sin agua, sin luz, sin baño, sin poder bañarme. Bajo acoso verbal permanente, oyendo todo el tiempo, ‘Vas a pasar 25 años aquí’. Constantemente venían a decirme que sabían todo lo que hacía mi familia.

“También pasé en repetidas ocasiones por el dolor de ver cómo maltrataban uno a uno a mis compañeros. Todos, menos yo, fueron electrocutados. Para ese momento, yo era el único de todos los detenidos en el Sebin que pertenecía a un partido político, es decir, detrás de mí había una gran plataforma que mantenía mi perfil muy alto, dentro y fuera de Venezuela. Además, por ser activista de la causa LGBT, Amnistía Internacional acogía mi caso. Yo soy el único de 2014, apartando a Leopoldo López y a Daniel Ceballos, que tiene una resolución por la ONU en su Comisión contra la tortura y contra las detenciones arbitrarias. Por eso, el costo de torturarme físicamente era muy alto para ellos.

II.
“Estando preso, un día nos enteramos de que existía un lugar llamado La Tumba. La Tumba no es más que la antigua bóveda de un banco, y forma parte de la sede del Sebin en Plaza Venezuela. Siete celdas monocromáticas a 30 metros bajo tierra. Ahí estaban recluidos Lorent Salegh, Gabriel Valle y Gerardo Carrero. Ellos sabían cuándo amanecía y cuándo anochecía porque el metro pasaba por encima, y escuchaban el sonido; entonces, podían asumir que el día comenzaba. La señora Katherine Harrington iba de madrugada a la celda de Lorent y le decía que, si no firmaba un papel donde decía que él era pagado por la oposición, se iba a podrir ahí. Y mi amigo Lorent le decía: ‘Pues me voy a podrir aquí’. Dos años después, Lorent fue trasladado al Helicoide, donde yo estaba. Pero nunca volvió a ser el mismo. Había pasado dos años y medio enterrado sin estar muerto.

“Mi amigo Gerardo Carrero, cuando estaba preso en el Helicoide, inició una huelga de hambre, y esa huelga derivó en que lo guindaran como un pescado, del techo, amarrado por las muñecas, de forma tal que tuviera que permanecer en puntillas y que, si bajaba apoyando los talones, se le desprendieran las manos. Así pasó 8 horas. Al frente le ponían a su amigo Nixon Leal y le escupían en la cara a Nixon para que Gerardo se desesperara y se le desprendieran las muñecas. El resultado de su huelga, después de haberlo colgado, fue trasladarlo a La Tumba.

“Cuando yo descubrí La Tumba, decidí hacer una huelga de hambre junto con dos de mis compañeros. Esa huelga de hambre duró muy poco. Tras 10 horas de haberla iniciado, me llevaron a una sala sola donde me tuvieron por unas ocho horas, y a medianoche llegó uno de los altos jerarcas del Sebin con una Biblia bajo el brazo para leerme el Apocalipsis. Y, entre versículo y versículo, me decía que más nunca vería a mis padres, que más nunca vería a mis abogados, y que iba a ser llevado a un penal de presos comunes donde seguramente me iban a matar. Yo le dije, ‘Okey, vamos a echarle pichón, pero no voy a dejar la huelga’. Se fue, y una hora más tarde, regresó; y cuando regresó, traía fotos de mi familia. Me dijo: ‘Tu hermana tiene siete meses de gestación. Va a tal médico, tales días, cuesta tanto la consulta. Tú me dices qué vamos a hacer’. Y, por supuesto, tuve que dejar la huelga de hambre.

III.
“¿Qué les quiero decir con esto? Que no estamos en manos de la izquierda o de la derecha, sino en manos de delincuentes. Todos los venezolanos. Todos los venezolanos, dentro y fuera de la cárcel.

“Cuando llegó el presidente Pastrana a Venezuela, yo le envié una carta donde le decía ‘Señor presidente, en Venezuela vivimos una profunda crisis humanitaria’. Nunca antes en Venezuela se había usado ese término. Al día siguiente, el presidente Pastrana la leyó en un acto en el hotel Altamira Suites, y una hora después yo estaba castigado, y así estuve por tres semanas: castigado por hablar, en la voz del presidente Pastrana, de crisis humanitaria.

“Todas las semanas nos castigaban. Nos quitaban la comida, nos apagaban la luz, nos cortaban el agua, nos encerraban por días, a ver qué hacíamos, y lo que hacíamos era mantenernos firmes y de pie.

IV.
“Luego de dos años de prisión, finalmente me vence mi salud y me enfermo de la vesícula. Mi vesícula comenzaba a contaminar el páncreas, y eso implica un riesgo alto de muerte. Los dolores eran fuertes, y me desmayaba en la celda. Yo no quería dejar que me tocara un médico militar, y sabía que yo tenía derecho a un médico particular. Finalmente, gracias a la presión de Amnistía Internacional, se logra mi traslado a la clínica. Ahí me hacen el examen y descubren que tienen que operarme de emergencia. Cuando me iban a pasar a quirófano, me sacan a golpes de ahí, me montan a empujones en una patrulla y me llevan otra vez a la cárcel. Al llegar, medio inconsciente y con una vía colgando de mi brazo, me encerraron en una celda de castigo sin agua, sin luz, sin aire ni absolutamente nada, y comencé a morir durante 10 días. El que se atreviese a pasarme comida, era castigado y le suspendían la visita. Yo solo tenía derecho a comer la comida que el Sebin quería darme, que era arroz, descompuesto casi siempre. Yo estaba enfermo de la vesícula, por lo tanto, no podía comer arroz. Y siempre era arroz: dañado, frío o viejo. Yo me negué a comer.

“Al décimo día, me sacaron a empujones y me llevaron al hospital militar porque el defensor del pueblo, el señor Tarek Saab, decía que eso de mi enfermedad era un show que yo estaba montando. Entonces, mi partido acordó con él que me examinaran en el hospital militar y que, si lo de mi enfermedad resultaba ser mentira, entonces nos quedábamos tranquilos. Así, bajo mucha presión del Vaticano y, de nuevo, de Amnistía Internacional, fui llevado al hospital militar y me hicieron todas las evaluaciones. Se dieron cuenta de que estaba efectivamente muy mal y, finalmente, me operaron.

“Una vez recuperado de la anestesia, yo estaba convencido de que no podía volver a la cárcel, y comencé a presionar públicamente al gobierno venezolano, a la oposición venezolana y a la opinión pública. Yo no iba a volver a la cárcel bajo ningún concepto. Iniciaba huelga de hambre si se atrevían a llevarme preso de nuevo.

“Crece la presión de la Unidad, del Vaticano y de Amnistía, y soy liberado la noche del 17 de noviembre de 2016. Una libertad a medias, una libertad que implicaba ir cada 15 días al tribunal a presentarme, y a riesgo de que me dejaran preso. Ir cada 15 días a oír las amenazas de la juez y del fiscal.

V.
“Quiero insistir de nuevo en que esta es la historia de cientos de chamos que están presos o en libertad condicional. “En la prisión conocí a quienes llegarían a ser los mejores amigos de mi vida. Y perdí a uno de ellos porque se ahorcó al no soportar la tortura psicológica. Él se llamaba Rodolfo González, le decían ‘El Aviador’. Era un señor maravilloso que estaba cerca de los 80 años. Al igual que a mí, a él lo acosaban con la amenaza de que iría a un penal de presos comunes. Varias veces me dijo: ‘Hijo, yo voy a salir de aquí antes que tú’. Lo que nunca sospeché era la forma de salir de la que él hablaba. Diez minutos antes de ahorcarse, Rodolfo fue a mi celda, me echó la bendición y me dijo: ‘Hijo, voy a hacer algo por Venezuela’. Y me dijo también: ‘Si me pasa algo, es culpa de la fiscal Harrington’. Nos había dicho a todos que iba a hacer algo por Venezuela, y sí, finalmente, su muerte frenó nuestro traslado a los penales donde seguramente nos hubiesen matado a mí y a muchos de mis compañeros.

“Cuando descubrieron que Rodolfo se había ahorcado, los muchachos de su pasillo intentaron auxiliarlo porque aún estaba vivo. Los policías llegaron y apartaron a los muchachos, y le pusieron a Rodolfo una sábana en la cara. Había posibilidades de que Rodolfo no muriera, y los policías impidieron que fuera asistido.

“Minutos después de retirar el cuerpo de Rodolfo de la celda donde había estado, nos aislaron hacia otro cuarto, entraron a nuestras celdas y destrozaron todo hasta dejarlo como una zona de guerra para amedrentarnos. El mejor amigo de Rodolfo, Rony ‘Guerrilla’, fue cambiado de celda y lo metieron donde horas antes se había matado Rodolfo para maltratarlo psicológicamente.

VI.
“Esto ocurre en Venezuela. Eso está ocurriendo hoy. La historia de Rony, la de Rodolfo y la de Rosmit es la historia de muchos jóvenes que en este momento viven lo que yo viví.

“No hay nada peor para un preso que ser olvidado. Cuando nosotros descubrimos que existía La Tumba, comenzamos a enviar cartas a diferentes operadores: al escritor Leonardo Padrón, a políticos, a diputados, y poco a poco y muy cuesta arriba, logramos cerrar ese lugar. Lo logramos estando presos. Es triste saber que muy pocos venezolanos se hicieron solidarios con eso y que tuvieron que hacerlo otros presos, a 20 minutos de La Tumba.

[…]

“Cuando estaba en la cárcel, le decía al más cruel de los funcionarios que conocí: ‘Esto va a pasar y tú lo sabes’. Y antes de ser diputado, le decía: ‘Esto va a pasar, y yo voy a ser gobierno; y cuando esto pase, tú vas a estar preso. Pero yo voy a cuidar tus derechos para que no te pase lo que a mí me está pasando’.

“No había reacciones de su parte. Eso no era un diálogo. Yo simplemente les repetía eso, a él y a otros, y les decía que los crímenes de derechos humanos no prescriben y que la responsabilidad penal es individual. Algunos de ellos se reían, algunos se ponían nerviosos, otros no mostraban ninguna reacción, pero yo igual, todos los días, sin groserías, sin violencia, les recordaba quién era, qué iba a hacer y cómo lo iba a hacer.

“¿Por qué actúan así? ¿Qué pasó ahí, por qué tienen tanto odio? La policía es víctima de la profunda descomposición social. Con esto no justifico la violencia, pero ellos son el producto de la sociedad que creó el chavismo. Muchos de esos policías tienen 20, 24 años; ellos no conocen la democracia. Crecieron en una sociedad represiva y violenta, y son el producto de ello. El mensaje para ellos debe ser muy claro: los que cometieron delitos, tendrán que ir a la justicia. Pero hay que entender que debemos caminar juntos y construir una Venezuela donde nuestros policías formen parte de un sistema sano de seguridad. Un sistema donde la policía tenga sus derechos sociales garantizados, acceso a la salud, educación para sus chamos. En un sistema donde el policía se sienta reivindicado, lo va a pensar mucho antes de robar, extorsionar o torturar. Muchas veces yo les decía que debían saber que ellos no estaban obligados a cumplir órdenes que violaran los derechos humanos. Pocos lo entendían, y algunos me decían, ‘Rosmit, entiende que éste es el pan para mi familia’. Yo les decía, ‘Sí, pero recuerda que esto tiene fecha de caducidad; porque, cuando todo esto pase, tu jefe se va a ir en un avión, y yo voy a procurar que te juzguen, y tu jefe no va a venir a la celda a traerte la comida’.

“No. Yo no voy a abrazar a quienes me torturaron y a quienes torturan a mis compañeros. Pero la justicia llegará. Y después de la justicia, habrá espacio para el encuentro y el perdón.

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Cristina Rafalli es periodista venezolana, egresada de la Universidad Católica Andrés Bello. Maestra en Estudios Hispánicos y latinoamericanos en la Universidad Sorbonne Nouvelle.

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